martes, 13 de agosto de 2013

Cerrito y Corrientes.

Me acerco en busca de la nueva parada del 59, sí, nueva, es que ahora Buenos Aires tiene un metrobús, que no sé bien que se trae, siento que algo está mal con eso, puedo asegurar dos o tres cosas del metrobús, pero ninguna va a ser una certeza. No puedo decir: “está mal porque...” con tal seguridad, mal de estudiantes de arquitectura, uno nunca sabe que está bien, es una posición estética para con el mundo, la duda metódica.

En fin, dejemos de lado el metrobús y sus luces, y sus envases para árboles de capacidad contenedora infinitamente pequeña, los cuales, dentro de un par de años cuando el árbol crezca (sí señores, los árboles crecen, y son una fuerza imparable, una fatalidad creciendo en diámetro y altura) de seguro rompen esas cárceles de hormigón con huequitos bien diseñados y bienvenido sea un caos a la avenida.
Me encuentro pues en la que le sigue a Corrientes, con Aristoteles en la mano y esa duda, ¿Dónde agarro el autobús?  Ya llevo un par de cuadras y nada de su aparición, ¡que vaina con el metrobús! Bueno caminar es preciso, vivir no es preciso, me digo.
Aquí  hace su entrada triunfal un personaje que me cambio el panorama, digamos que se llama Paco, se me acerca el ser en cuestión y dice, Ey amigo ¿tienes una monedita? ¿O un billete?, saludo, reviso mis millones de bolsillos entre todos los abrigos, y no, no tengo ni una moneda (uno se deshumaniza con la sube), le digo a paco, Oye, mis disculpas querido compañero, no tengo ni una moneda para darte. A todas estas sigo caminando, le hablo simpáticamente, es que como creo que el mundo es de todos y todos somos iguales, no tomo conciencia de que, no, parece que ese realismo socialista donde estoy inmerso existe en mi cabeza y nada más. La humanidad es un animal complicado, que te muestra los dientes de vez en vez para decirte que ella también es puro instinto. Que quiere sangre y mierda, guerra, problemas, que te muestra que vives en un paraíso artificial en una jungla de cemento.
Mientras caminamos siento que paco, con su sueter azul, se me acerca más, y ya la cosa se me puso complicada en la cabeza, desacelero mientras escucho su historia trágica en esta urbe mágica, la de paco pues, los brasileros pasan y yo me pierdo entre el portugués y la historia y la señal  del cuerpo que te avisa, Ey tú, este paco quiere enserio su monedita… O un billetito…
Paco y yo estamos en la esquina del Edificio del Plata, esa esquina resulta ser oscura y turbia, las cosas en el centro son así, haya metrobús o no. Paco, en una medida desesperada, me rodea con su brazo izquierdo y pone su mano en algún lugar cercano a mi hígado, Ay coño, pienso, y aquí viene el remate del monólogo de paco, Oye amigo, guacho tengo una re pistola en …. Y voy a … Sí, paco dudó, él nunca ha tenido una pistola, y no va a…  es un tipo sano, por unos días, ni siquiera ha perdido su color de piel, pero eso sí, paco está desesperado, y quiere sus moneditas.
Yo me siento a todas estas como un personaje irreal, un tipo que están narrando, yo lo miro y no comprendo, Pero si tú y yo somos iguales, me digo, mientras paco introduce sus manos en mis bolsillos, y entonces algo en mí explota, creo que fue un ¡Plac!, un ruido seco, más bien de switch, miro a paco y lo detesto, el realismo socialista se fue lejos, lo odio, y tengo su brazo y su mano en mi cuerpo, ¿Qué coño te pasa!, le quito la manos y lo miro, ¡Qué coño te pasa!, lo golpeo, y golpeo y golpeo, sin parar, le expulso todo ese veneno que se va acumulando, ¿Qué coño me pasa?, no importa, esto se siente bien, sigue golpeando y déjalo sin memoria.

 Paco malherido, y preguntándose para que quería las moneditas me ve, y ve el edificio del Plata. El metrobus es fiel testigo.
Yo debo decir que disfruté la sensación, hice eso que denominan filosofía práctica, vivir esa cuestión teórica del poder, sentirte como el dueño de un pobre diablo, tener un ser inferior allí en el suelo, el sr F. estaría orgulloso.
 Pero después, cuando logré encontrar el  59 comencé a reflexionar. Y sentí miedo, ¿qué era esto? Definitivamente se sentía como la gloria, yo no era así, tengo miedo, qué es esto, soy un animal, no puede ser... De camino abrí dos ventanas, en una pensaba que había hecho y en otra reconstruía las posibles palizas a paco. Húmeda, sangrienta, hedionda, y pegajosa vida urbana.

Mis respetos a paco que me despertó la humanidad.


 ¿Por qué no podríamos aceptar la idea de que hay personas totalmente amorales que caminan por la calle y son absolutamente capaces de cometer homicidios o infligir mutilaciones sin experimentar sentimiento de culpa o escrúpulo de conciencia algunos? M. Foucault

http://www.lanacion.com.ar/1509936-michel-foucault-la-maxima-aspiracion-del-poder-es-la-inmortalidad


viernes, 2 de agosto de 2013


- Pesimista, pesimista... - repitió para sí varias veces-. Señor pájaro-que-da-cuerda -dijo luego, alzando los ojos y clavándome la mirada-. Sólo tengo dieciséis años y no sé muy bien de qué va el mundo, pero una cosa sí puedo afirmar con rotundidad:  si yo soy pesimista, los adultos de este mundo que no son pesimistas son un hatajo de idiotas.

H.Murakami. Crónica del pájaro que da cuerda al mundo.







martes, 23 de julio de 2013

BUENOS AIRES Y LOS DESCONOCIDOS.

Jerónimo Salguero y Gelly.

Av. Pres Figueroa Alcorta. -Yayoi Kusama, febril- 

El prócer desconocido. 

Masa Crítica. Obelisco.

miércoles, 10 de julio de 2013

DEMOLICIÓN DE LA CIUDAD S.A.

Me enteré por primera vez de la existencia de esta compañía cuando me crucé con mi viejo amigo S. y me pasó su nueva tarjeta. S. solía ser un asesino profesional muy reconocido, pero dejó su trabajo para fundar “Demolición de la Ciudad S.A.”. Nunca supe por qué antes había elegido hacerse asesino a sueldo. Siempre dijo que lo hacía porque era la manera más rápida de ganar dinero, y nunca le pregunté más sobre el tema. Lamenté su cambio de rubro, justo cuando iba a consultarlo sobre un asunto importante en el que tenía particular interés: aniquilar a todos los editores de revistas de nuestro país que son demasiado tímidos para desafiar el statu quo  en la planificación urbana y la arquitectura. Le pregunté si las cosas andaban mejor. Él me instó, entonces, a unirme a su empresa, cuyo nombre me parecía más el de una sociedad secreta que el de una compañía.

S. es un hombre de carácter, como cualquier buen artista o artesano. Una vez que aceptaba  una orden para matar a alguien, no escatimaba ningún esfuerzo en el proceso de su trabajo, fuera esa persona apenas un pequeño jefe con una docena de seguidores o una gran figura en el poder como un ministro del gabinete. ¡La cuidadosa planificación y organización a largo plazo, la belleza de un asesinato bien hecho, la perfecta desaparición del cuerpo! Era como un artista en el diseño de sus creaciones. Puede que haya sido uno de los poquísimos que lograra realmente la perfección. Luego, de repente, cambió de trabajo. Naturalmente, sentí mucha curiosidad de saber por qué. Dijo que se había desilusionado por completo con la situación humillante a la que había sido llevada su profesión, y por eso, sintiendo la amargura del orgullo herido, deseó romper con ella y comenzar una nueva. Según S. hubo una causa grave para que renunciara a su trabajo como asesino: ¡había surgido un monstruo que no dejaba de herir su orgullo profesional día y noche! Pero ¿cuál fue el motivo directo? En respuesta a mi pregunta, desplegó el diario que tenía a un costado. “El accidente de tráfico de ayer: 5 muertos, 89 heridos” “Derrumbe en un establecimiento nocturno mata a 8 personas y hiere a 25”. “Avanza la investigación por el incremento de víctimas  en zonas costeras por aguas contaminadas”.

El aumento constante de estos “asesinatos no intencionados” y, más aún, el escaso precio de una vida individual, fue anulando gradualmente su profesión como asesino, reduciendo sus ganancias, hiriendo su autoestima. La civilización moderna había reemplazado la empresa privada de matar con un mecanismo llamado ciudad, su producto inevitable y a la vez apoyo físico. La ciudad, por lo tanto, era la asesina de todos los asesinos y, peor aún, al ser anónima, era una empresa curiosa que no tenía ninguna responsabilidad vinculada. S. sentía que, para que la profesión de asesinar volviera a ser un arte, y en la cual este acto humano pudiera ser realizado con placer, no había nada más urgente que destruir estas ciudades inhumanas.

Desilusionado, o bastante enfurecido por la depresión de su profesión, mi amigo S. decidió destruir las ciudades porque él se considera un humanista, un admirador del arte de asesinar. S. decidió desafiar la megalópolis, como consta en el folleto de su nueva compañía.


PROSPECTO DEL ESTABLECIMIENTO DE “DEMOLICIÓN DE LA CIUDAD S.A.” Y EL CONTEXTO DE SU NEGOCIO.

Nuestra empresa apunta a la destrucción completa de las grandes ciudades, que se han visto involucradas, en repetidas oportunidades, en viciosos asesinatos masivos; y a la construcción de una civilización en la que el asesinato elegante, agradable y humanista pueda llevarse a cabo dignamente. Debemos comprometernos en cualquier acción necesaria para alcanzar estos objetivos. Llevamos a la práctica nuestra empresa de la siguiente forma:


1. Destrucción física:

Destruiremos edificios, caminos e instalaciones de la ciudad, usando todos los medios posibles, incluidas la fuerza humana, la dinamita y bombas atómicas.


2. Destrucción funcional:

Agravaremos la confusión del tráfico a través del sabotaje sistemático de las señales de tránsito; vaciaremos las reservas de agua; perturbaremos las redes de comunicaciones; quitaremos de todas las casas las placas de numeración; apoyaremos la construcción ilegal y al mismo tiempo velaremos por el cumplimiento inmediato y completo de todas las provisiones oficiales de planificación urbana.


3. Destrucción de imágenes:


¡Esos skylines gloriosos, esos monumentos soberbios, esas grandes plazas que inundan postales! ¡Esos anuncios chillones! Borraremos de la memoria colectiva todo recuerdo de la vida urbana.

Nuestra empresa llevará a cabo enérgicamente los tipos de destrucción  mencionados anteriormente y se esforzará por presentar nuevos planes.

Los lectores pueden sentirse tentados a reír ante la empresa de mi amigo S. pero ¡la compañía es real! En el centro mismo de Tokio,  sí, flotando en el aire, está tratando de meterse en las grietas de sus vidas… las vidas que ustedes viven en su megalópolis. Todos están bien acostumbrados a su ciudad, intoxicados con sus sonrisas familiares. No tienen nada que ver con la resolución heroica de mi amigo S. Él seguirá adelante con el negocio de su empresa. No tiene nada que ver con ustedes… nada en absoluto.


Nota:
Escribí esta historia en 1962 cuando Tokio estaba en la primera ola de crecimiento económico después de la Guerra, mezclando la realidad y la fantasía que veía entonces.




ARATA ISOZAKI, 1962.

viernes, 14 de junio de 2013

Solía ir mucho a la Ópera en Lisboa. Siempre alto en el balcón de arriba, donde podía ver una corona.

El palco real estaba debajo, estaba envuelto en dorado y terminaba con una corona dorada encima.
Desde abajo, en la platea, la corona se veía magnifica. Pero desde el otro lado, donde estábamos, no era, porque estaba dividida en cuatro secciones y estaba vacía y tenía telas de araña y tenía polvo.
Esa fue una lección que nunca he olvidado, yo nunca olvidé esa lección. Que para conocer las cosas uno debe darle la vuelta, darle toda la vuelta.


— José Saramago, en Janela da Alma.